jueves, 13 de septiembre de 2012

La Vida Alegre



Juana llegaba todas las tardes del trabajo con el tiempo justo para cenar, leer tres hojas del libro en turno y dormir un rato antes de las siete de la noche; siempre revisaba el buzón antes de abrir la puerta de su casa, le generaba emoción la idea de encontrar algo ahí, para ella. Aunque bien sabía que no había nadie que supiera donde vive, pero sobre todo,  no había nadie que quisiera escribirle.

Desde los cinco años había quedado huérfana, su tía Carmela, hermana menor de su padre, se hizo cargo de ella, aunque lo hizo a revientasinchas, no había nadie más que pudiera cuidarla, una decisión del Estado. La tía Carmela le enseñó a ser autosuficiente; el primer día que llegó a la casa, justo a la hora de la comida, le dijo: “Anda, toma tu plato y sírvete el frijol.”

Juana tuvo suerte después de todo, cuando su tía murió ella ya tenía 17 años. Sabía cocinar, barrer, lavar, bordar, coser, tejer, escribir, leer y bailar; le encantaba bailar, lo hacía todas las noches de jueves a sábado, después de salir del trabajo, corregía textos; era un buen trabajo lo hacía en casa y le pagaban por adelantado, además ella era su propio jefe.
En el salón de baile “La vida alegre” ya la conocían todos. La dueña, Doña Cleotilde, siempre le había dicho que se movía como sirena en el mar; eso la ponía tan feliz que se movía más. 

A Josefa, la hija de Doña Cleotilde, le caía tan mal Juana que cada que la veía se le aretentaba la gastritis. Doña Cleotilde nunca le había dicho nada bonito a ella cuando bailaba, y eso que era ella la que abría la pista de baile todas las noches.

Una noche Josefa le pidió a Chucho, su novio, que si la amaba tanto tendría que demostrárselo matando a Juana, después de eso ella, por fin le iba a demostrar a él cuanto lo amaba y le entregaría su virginidad.

Cuatro meses después el chisme del barrio era que Chucho y Josefa se casarían porque ella estaba embarazada.