Juana llegaba todas las tardes
del trabajo con el tiempo justo para cenar, leer tres hojas del libro en turno
y dormir un rato antes de las siete de la noche; siempre revisaba el buzón antes de abrir
la puerta de su casa, le generaba emoción la idea de
encontrar algo ahí, para ella. Aunque bien sabía que no había nadie que supiera donde
vive, pero sobre todo, no había nadie que
quisiera escribirle.
Desde los cinco años había
quedado huérfana, su tía Carmela, hermana menor de su padre, se hizo cargo de
ella, aunque lo hizo a revientasinchas,
no había nadie más que pudiera cuidarla, una decisión del Estado. La tía
Carmela le enseñó a ser autosuficiente; el primer día que llegó a la casa,
justo a la hora de la comida, le dijo: “Anda, toma tu plato y sírvete el
frijol.”
Juana tuvo suerte después de
todo, cuando su tía murió ella ya tenía 17 años. Sabía cocinar, barrer, lavar,
bordar, coser, tejer, escribir, leer y bailar; le encantaba bailar, lo hacía
todas las noches de jueves a sábado, después de salir del trabajo, corregía
textos; era un buen trabajo lo hacía en casa y le pagaban por adelantado,
además ella era su propio jefe.
En el salón de baile “La vida
alegre” ya la conocían todos. La dueña, Doña Cleotilde, siempre le había dicho
que se movía como sirena en el mar; eso la ponía tan feliz que se movía más.
A Josefa, la hija de Doña
Cleotilde, le caía tan mal Juana que cada que la veía se le aretentaba la gastritis. Doña Cleotilde
nunca le había dicho nada bonito a ella cuando bailaba, y eso que era ella la
que abría la pista de baile todas las noches.
Una noche Josefa le pidió a
Chucho, su novio, que si la amaba tanto tendría que demostrárselo matando a
Juana, después de eso ella, por fin le iba a demostrar a él cuanto lo amaba y
le entregaría su virginidad.
Cuatro meses después el chisme
del barrio era que Chucho y Josefa se casarían porque ella estaba embarazada.